Phi Phi, en el paraíso de Dios

Habíamos dejado Phuket, aquella isla tan amada y odiada a la vez, odiada por los millones de turistas que no les gustan los turistas, que se quejan de las botellas en la playa mientras tiran su bolsa de papas fritas en el mar, pero amada por ellos mismos y por nosotros también, que disfrutamos su encanto y tratamos de alejarnos de las multitudes pero nos alegramos cuando al preguntar, how much is it? El buen señor tailandés de turno sabe responder cuanto nos cuesta nuestra botella de cerveza, nos alegramos por no caer en el cliché de decir a nosotros no nos gustan los lugares turísticos porque sabemos, que como a la mayoría nos gusta ver un menú en inglés o poder desayunar un café con tostadas y no un plato de sopa picante. Simplemente disfrutar de los lugares sin decir las cosas «cools» nada más que porque tiene onda. En fin, estábamos dejando aquel maravilloso lugar para dirigirnos a uno aún más lindo, o eso nos habían dicho.


Salimos temprano a la mañana, bueno temprano para un día de vacaciones, a eso de las 8 a.m. y nos llevaron hasta un barco de grandes dimensiones, con capacidad para unas 200 personas o más. A medida que nos alejábamos de la isla, la belleza cambiaba para mostrarnos cada vez más su hermosura como parte de un todo, como aquel que ha observado un cuadro a pocos centímetros para apreciar los detalles en cada pincelada para luego alejarse y contemplar el todo, eso nos pasaba a nosotros. Las costas con aguas verdes, quedaban lejanas y los cientos de metros de aguas verdes, ahora eran sólo una línea que oficiaba de frontera entre el mar y la arena, las montañas imponentes ahora encontraban hermanas gemelas en otras islas y nos dábamos cuenta que la distancias para ellas no eran tanta como para nosotros. Seguimos avanzando en nuestro recorrido ya por un mar abierto, donde las islas ahora se encontraban en la distancia y sólo otros barcos cortaban la monotonía del inmenso mar.
A medida que nos íbamos avanzando, descubríamos nuevos paisajes, aguas de colores cada vez intensos, altas montañas emergían desde el mar creanndo numerosas islas con sus laderas decoradas por árboles, cuevas, diferentes formaciones rocosas que parecían esculpidas, nuevamente pensábamos, no puedo creer que exista un lugar así en el mundo. Si bien Ko Phi Phi, era la isla de la película La Playa, uno imagina que la belleza natural está realzada por agún efecto especial o la creatividad del director por obtener la mejor toma en determinadas condiciones de luz, pero no era así, si bien aquellos que recuerden la película tendrán en sus mentes paisajes deslumbrantes hay que decir que la misma no honra la verdad.
Al llegar a nuestra isla de destino ya teníamos más de 300 fotos, de las mil que tomaríamos en nuestra semana de estadía, es que la emoción que brinda un lugar así y la capacidad figurativamente infinita que permiten las cámaras digitales nos obligaban a intentar grabar cada segundo en una imagen. Allí nos estaba esperando un empleado de nuestro «Grand Resort Hotel and Spa» o algo así, y no, no es que en Phuket hubiésemos ganado el gordo de navidad, simplemente habíamos leído en nuestra guía que sin una reserva probablemente debiésemos habernos vuelto ese mismo día. Nuestro hotel con desayuno, aire acondionado, agua caliente y hasta caja de seguridad, era muy lindo pero no valía los 50 dólares que habíamos pagado por él, por tal motivo al día siguiente nos fuimos en busca de uno más acorde a nuestro presupuesto, y encontramos una pequeña habitación a 20 dólares con ventilador y ducha de agua fría, pero el precio justificaba la falta de lujos y nos permitió quedarnos una semana en lugar de dos días como hacen la mayoría de los mochileros si es que hacen noche en la isla.

Dejamos nuestra mochila en el hotel y nos fuimos inmediatamente a la playa, queríamos bañarnos en esas hermosas aguas que habíamos visto en el barco. Antes de dar el primer paso sobre la arena, el paisaje ya se hacía presente, una arena muy clarita, sin llegar a blanco bañadas por un mar increiblemente transparente y enmarcada por las montañas que rodeaban la isla, nuevamente estábamos en un cuadro de Dios. Y hablando de Dios, estábamos en un lugar tan paradisíaco que pensamos que cuando Dios muera, si se portó bien va ir a Phi Phi.
Nadamos un rato en el mar, Maru tomó sol y mientras yo nadaba me di cuenta que cada vez había menos agua y por más que me alejara cada vez más de la playa la profundidad no pasaba de los 40 centímetros, es que la marea baja se notaba fuertemente dándonos algo así como 300 metros más de playa. los barcos y lanchas quedaban barados irónicamente anclados a un fondo del mar que ahora era superficie y los pescados barrefondo y los cangrejos se veían facilmente como si de una pecera se tratase. Pasamos la tarde allí y cuando el sol se escondió detrás de una de las montañas de la isla nos volvimos al hotel.
Luego de darnos una ducha, decidimos ir a cenar y como era de esperar todo allí era en torno a la playa, así que con ese destino nos dirigimos nuevamente. Compramos unas cervezas para acompañar nuestro sandwich de milanesa y nos sentamos a ver un espectáculo maravilloso de acrobacias con fuego que duraba aproximadamente una hora. La música acompañaba perfectamete el show que al finalizar invitaba a la fiesta en la playa misma, teníamos la sensación de estar en una película, la playa espectacular de día se convertía en fiesta a la noche y nosotros no hicimos más que disfrutar de esta escena.
Nuestros días allí se sucedieron casi sin alteraciones, eran una rutina, pero una rutina mágica, dormir hasta tarde, ir a la playa, salir a la noche, maravilloso. Para romper esa rutina uno de esos días decidimos visitar el Viewpoint que traducido sería algo así como mirador. Los viewpoints son tres en la isla, aunque nosotros sólo encontramos dos. Ubicados en la cima de una montaña ofrecen paisajes de postales (de hecho, de allí se toman las fotos típicas de la isla) que hacen que los 5 kilómetros de caminata por camino de montaña valgan la pena. Ya que estábamos allí decidimos ir a otras de las playas, en este caso perteneciente a un resort, para llegar allí caminamos otros cuarenta minutos por la jungla (no, no estoy exagerando, el camino era apenas una huella peatonal borrada en algunas partes en medio de la copiosa selva que cubría la ladera de la montaña) llegamos a otra increible playa con el mismo color de arena y mar, pero más reservado, ya que no todos tienen ganas de hacer el paseo, pero a la vez con aguas más agitadas. Pasamos allí la tarde y luego volvimos a nuestro ya hogar.
Pero todos los premios se lo lleva la isla de Ko Phi Phi Lai, nosotros estábamos en Ko Phi Phi Don, y es allí mismo donde está Maya Bay, la playa de La Playa. Para llegar hasta allí hicimos una excursión donde conoceríamos a Gosia y Adrían, una pareja polacoespañola también amante de los viajes que se encontraba en su luna de miel dando la vuelta al mundo. En este paseo antes de llegar a Maya Bay, hicimos varias veces snorkel, donde pudimos ver cientos de peces de diferentes colores y especies, venir a comer de nuestras manos, se acercaban tanto que se dejaba tocar, anguilas, erizos, barracudas y otro montón de especies en aguas que tenían más de 50 metros de visibilidad bajo su superficie. Para llegar a Maya Bay hicimos Kayak y nos delumbramos con el color de su arena la cercanía de las montañas y del simple hecho que existiese un lugar más lindo del que ya habíamos visto. La hora que nos habían dado para estar allí, pasó como si fueran tan sólo diez minutos y emprendimos la vuelta a nuestro barco y de allí al hotel.
Habíamos pasado nuestra semana en el paraíso de Dios y aunque costaba irnos, teníamos que seguir nuestro rumbo, ahora a Ko Lanta, pero luego a Ao Nang, para pasar navidad con nuestros nuevos amigos, Gosia y Adrián.

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