Road trip. Destino: Parque Nacional El Palmar

Las palmeras nos reciben en su casa
Había llegado el fin de semana largo de septiembre y estábamos en nuestro camino por la ruta 14. No sé bien por qué motivo pero esa ruta estaba borrada de mi mente, quizás inconscientemente el apodo de ruta de la muerte, me amedrentaba un poco. Pero la verdad es que siempre que pensaba en un destino lo hacía llegando hacia él por las rutas 2, 8, 9, 7 o 3, pero nunca por la 14. Sin embargo este pobre camino fuera de nuestras mentes nos podría llevar a montones de lugares maravillosos que ni siquiera conozco su nombre, pero los que sí conocemos son geniales. Podemos ir tanto a Gualeguaychú, como a Brasil, a las cataratas como a el Parque Nacional El Palmar. Y hacia allí estábamos yendo. Tengo que reconocer que fue un plan B, nuestro destino original no lo podemos contar ya que tal vez algún día lo hagamos. De la misma forma el medio también fue alternativo ya que teníamos ganas de hacer dedo, caminar y conocer gente, pero como el lunes teníamos que estar en casa a la tarde no quisimos arriesgarnos y elegimos viajar en nuestro auto. Así que de esa forma surgió un lindo viaje en auto (o Roadtrip si prefieren) hacia uno de los hermosos parques nacionales que cuenta nuestro país.
 
Majestuosas se levantan hacia el cielo
Salimos el sábado al mediodía sin apuro. Nos llevó bastante salir de la ciudad por el tránsito habitual pero a las pocas horas ya estábamos comiendo un exquisito sandwich de vacío al costado de la ruta en esos increíbles puestos donde paran los camioneros. Seguimos nuestro viaje y pasamos donde una semana antes estábamos haciendo dedo, pero no encontramos ningún viajero para levantar. Sin embargo un rato después, llegando Gualeguaychú encontramos a dos mochileros que iban caminando por la ruta. Como ya no esperaba levantar a nadie íbamos por el carril rápido por lo que tuvimos que frenar 200 metros delante de ellos. Y mientras venían corriendo imaginaba su alegría. Cargamos sus mochilas y arrancamos camino nuevamente. Nos pusimos a charlar y así conocimos a Esteban y Vanesa dos compañeros de ruta catalanes que estaban yendo a San José, muy cerca de El Palmar, como parte de su viaje para recorrer todo América de Ushuaía a Alaska. Como nos quedaba de paso pudimos llevarlos hasta la puerta de la persona que los iba a albergar (couchsurfer) y al llegar también nos pusimos a charlar. Aunque no recuerdo su nombre, el dueño de casa era otro gran viajero y acostumbraba a hospedar a otros. Hablando con el nos contó historias de varios amigos suyo que habían recorrido todo nuestro continente en bicicleta o que un día habían despertado en Holanda y empezaron a pedalear con sus bicis para uso diario sin ninguna preparación hasta que se quedaron sin tierra en Portugal, pero que eso no los hizo abandonar su recorrido sino lograron hacer dedo en un barco que les permitió cambiar de continente. Luego de charlar un rato y disfrutando historias dignas de un fogón partimos ya que no deseábamos armar la carpa en la oscuridad.
 
Las vizcachas se acercan en busca de comida
Llegamos al camping, buscamos donde armar nuestra carpa y una vez en pie, empezamos los preparativos para la cena. Un rico pollo a la parrilla. A medida que se hacía más tarde , cada vez más Vizcachas empezaban a salir y las más atrevidas se robaban la comida que se le caía a algún acampante distraído. Luego de cenar nos fuimos a descansar y al día siguiente nos levantamos temprano. Una de las cosas que más me gusta de acampar es que la misma naturaleza te despierta, el canto de los pájaros o el calorcito del sol son los despertadores que reemplazan a la horrible melodía de cualquier alarma de celular o reloj despertador.
 
Maru en la inmesidad de la natuealeza
Aprovechamos ese día para recorrer el parque, sentarnos a disfrutar de la hermosa vista de los millares de palmeras, caminar por las ruinas jesuíticas y charlar un rato en la playa del río Uruguay. Durante esos caminos juntamos troncos que nos servirían a la noche para hacer una rica colita de cuadril a la leña. Todo el proceso nos llevó unas cuantas horas, desde armar el fuego hasta estar disfrutando de ese manjar.
 
Preparando un fuego de leña después de años de práctica
Por la mañana siguiente desarmamos nuestro campamento, preparamos el mate y nos volvimos a casa desayunando y almorzando en el auto. Había sido un hermoso fin de semana de esos que nos encanta disfrutar, pero que por motivos que valen la pena a lo mejor tengan que pasar algunos hasta de que nos pongamos la mochila nuevamente aprovechando para estar en familia y con amigos.
 
 
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