Blogtrip a Tierra del Fuego – Parte I (31/01/2013 y 01/02/2013)

Hace dos semanas jamás hubiera pensado tomar un atajo y esquivar el calor. Las tareas para dejar el departamento ocupaban gran parte de nuestro tiempo y mente; y si bien existía la posibilidad de hacer alguna escapada a Tandil, haciendo puente el feriado del 31 de enero, eso era todo. Es por eso que, cuando surgió la posibilidad de hacer un blogtrip a Tierra del Fuego, no lo podía creer, como aquél que recibe una noticia demasiado buena para ser verdad. Pasó una semana, desde que se anunciara el viaje en la RedViajAr hasta estar volando rumbo a la ciudad más austral del mundo.
 
Las montañas, el mar y las pequeñas casitas.
Un cuadro robado a un museo.
Luego de haber madrugado, más que para cualquier día de oficina, y algunas horas de vuelo, el avión hacía su primera parada en el aeropuerto de El Calafate, donde gran parte del pasaje se renovó. Desde la ventanilla se veía un hermoso lago y creía (o deseaba, no lo sé) haber visto el glaciar antes de aterrizar. La vista era maravillosa y por momentos quería  bajar del avión para recorrer esas tierras, pero al recordar nuestro destino y la belleza de la que tanto me habían hablado volvía a esperar ansioso que el avión despegase nuevamente para llegar a Ushuaía.

 
Poco más de una hora después estábamos sobrevolando la preciosa ciudad, el paisaje que se adivinaba por la ventanilla parecía haber sido robado de un cuadro y sólo los bruscos movimientos del avión, ocasionado por las turbulencias habituales, me hacía dar cuenta que no estaba en un museo.
 
Minutos más tarde estábamos esperando nuestro equipaje y otros tantos después yendo rumbo a nuestro hotel, en una camioneta del InFuTur (Instituto Fueguino de Turismo) donde nos darían nuestro itinerario y los lugares que debíamos cubrir. Para ese día sólo teníamos planificado ir a las aerosillas del Glaciar Martial y luego libre para ir a recorrer la ciudad. Al llegar al hotel hicimos el check in, dejamos nuestras cosas y nos fuimos a almorzar. En un muy bonito restaurante, donde algunos extranjeros cebaban sus mates, en una actividad meramente turística, tuvimos que esperar un largo rato nuestra rica comida, pero la espera hizo que no pudiésemos llegar a subirnos a las aerosillas por lo que decidimos salir a caminar por la ciudad.
 
El barco que decidió quedarse por siempre en Ushuaía
Muchos sabrán que me gusta jugar a que puedo ver el color de la energía de las ciudades que visito, la de Ushuaía era verde. Pero no un verde light, que indica que nuestros alimentos están alterados para hacernos pensar que son más saludables, tampoco ese verde que se asocia arbitrariamente con la esperanza, o con la naturaleza en algún empaque que pretende ser ecológico. Era un verde cautivante, pleno y armonizante. Nos rodeaba y nos llenaba de alegría, nos hacía decir que estábamos contentos una y otra vez, sin cuestionarnos cuántas veces lo habíamos hecho y tan espontáneamente que nos sorprendíamos el uno al otro. Mis compañeros ya habían estado en la ciudad y esta energía hacía que resurgieran hermosos recuerdos. Por mi parte todo me llamaba la atención, mis expectativas eran satisfechas en demasía y no sabía por donde comenzar a mirar.
 
Oso, el último perro Polar en el continente
Los enormes e imponentes picos de la cordillera de los Andes parecen estar a pocos metros del océano atlántico en el canal de Beagle. Las cumbres y laderas nevadas contrastan con su blanco brillante del translúcido color del agua, mientras que fuertes ráfagas de viento agregan un sentido a la magnificencia de la ciudad, materializando la energía que contiene. Entre las montañas y el mar, minúsculos, se despliegan los edificios. Pintorescas casas de estilo inglés reinan las manzanas, sólo alteradas por alguna otra construcción que no corresponde a su época. Mientras tanto en la bahía yace un barco, que parece haberse enamorado de la ciudad y allí quedó encallado, deseando (y cumpliendo) pasar el resto de sus días junto a ella, admirándola hasta que el paso de los siglos erosionen su viejo casco fundiéndolo nuevamente con la naturaleza.
 
Luego de dar unas cuantas vueltas por la ciudad decidimos volver al hotel donde llamamos a algunos amigos de Laura y Juan, charlamos un rato con ellos y nos invitaron a cenar al día siguiente. Por nuestra parte terminamos la noche cenando en el mismo restaurante donde habíamos almorzado.
 
Al día siguiente nos volvimos a levantar temprano. Luego de desayunar nos vino a buscar una camioneta Land Rover para hacer el recorrido en 4×4 por los lagos Escondido y Fagnano. La excursión comenzó haciendo algunos kilómetros por la RN 3, donde el choffer nos contaba, entre otras cosas, sobre los diferentes deportes de invierno que se pueden practicar en la ciudad y que si todo salía bien en el transcurso de la década podremos disfrutar de los Juegos Olímpicos de Invierno en nuestro país.
 
Los lagos Escondido y Fagnano y la antigua ruta 3,
desde el paso Garibaldi
Hicimos la primera parada para visitar un centro de entrenamiento de perros para trineos. Vimos varios perros de diferentes razas, entre ellos, el último perro polar que habita el continente, Oso. Con más de 15 años descansa a unos metros de los demás animales esperando alguna carrera para recordar viejos tiempos. Luego hicimos una pequeña visita a la casa de té que allí se encuentra y finalmente seguimos camino.
 
Recorrimos algunos kilómetros más y nos detuvimos en el paso Garibaldi, el punto más alto de la RN 3, excediendo los 400 metros de altura. La vista de los lagos era deslumbrante, aunque acompañada por un intenso frío, lo que hacía generar una gran admiración por la pareja que allí estaba vendiendo artesanías. Sacamos algunas fotos y como para darnos una pequeña despedida algunas copos de nieve comenzaron a caer.
 
La magnífica obra de los castores cambiando el propio paisaje.
Seguimos nuestro camino, continuando el cruce de la cordillera. Unos kilómetros más adelante abandonamos la ruta nacional y tomamos una provincial de ripio, donde la camioneta empezó a mostrar sus bondades, hasta que tomamos una picada de una antigua estancia. Este camino con casi nada de mantenimiento, servía para que la aventura fuera mayor y nuestro vehículo llegó a inclinarse unos 60°, algunos tramos se encontraban inundados y el despliegue era cada vez mayor. Seguimos de esa forma hasta detenernos para ver algunos diques hechos por los castores. Estos animales, cuya inteligencia y astucia me sorprendieron con agrado, lamentablemente son plaga en la provincia. Fueron introducidos por  la marina en la década del 40 del siglo pasado con el objetivo de comerciar sus pieles, pero al ver que su pelaje no se desarrollaba tanto como en el frío de Canadá fueron dejados en libertad. Al no tener predadores naturales en esta región del planeta comenzaron a reproducirse y su número creció exponencialmente. Agregando el problema que con su ingeniería y su capacidad para producir diques pueden desviar el curso de ríos e inundar regiones enteras.
 
La 4×4 presumiendo de sus habilidades.
Algunos cientos de metros antes de llegar a orillas del lago Fagnano, nuestro guía nos dejó para que sigamos ruta caminando, mientras el iba preparando nuestra comida. Un rico asado acompañado por una vista magnífica. Sumando a esto la compañía de un zorro rojo autóctono de la región que se acercaba para conseguir algo de nuestras sobras. Estuvimos en esa zona un largo rato, charlando y disfrutando del paisaje. Cuando por fin llegó el momento de partir lo hicimos con el vehículo entrando en el lago. Unos cuantos kilómetros por ripio y finalmente salimos nuevamente a la ruta 3, pero por poco tiempo. Nos desviamos, esta vez, para admirar el lago Escondido y mientras un compañero de la excursión decidió andar en cayac por su superficie, por mi parte me quedé un largo rato apreciando la paz  y el paisaje. Veía algunas cabañas abandonadas e imaginaba lo hermoso del lugar para, con esa calma, sentarse a escribir. Cuando el chico del cayac volvió, partimos, ahora sí, rumbo a Ushuaía.
 
El lago escondido nos comparte su tranquilidad.
Llegamos al hotel y dormimos una pequeña siesta. Por la noche, Juan amigo de los chicos, nos pasó a buscar para agasajarnos en su casa. Donde nos invitó una riquísima cena y, junto a su mujer y un amigo, nos contó acerca de la realidad mágica de esta ciudad, casi como sacada de una novela de García Márquez. La noche, aunque larga, fue corta. Nos hubiésemos quedado charlando más tiempo, pero cerca de las 2 a.m. decidimos volver al hotel.
 
Al día siguiente finalmente iríamos a visitar el cabo San Pablo, aunque un incendio amenazaba esta posibilidad y tendríamos que esperar para ver si sería posible.
Marcar el enlace permanente.

Un comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *