Oporto, una ciudad hermosa y como decidí dar la vuelta al mundo sin tomar aviones

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Luego de una semana de una increíble hospitalidad gallega, emprendimos camino a Oporto. Después de haber estado un poco más de 25 días en España, visitaríamos otro país. Si bien Portugal, es un país precioso con muchos atractivos tanto históricos, culturales y naturales, muchas veces queda relegado y para muchos el país más occidental de europa continental es España. Por esta razón, nosotros estábamos volviendo a este hermoso país, para visitar la ciudad que nos había quedado entre cejas nuestra visita anterior.

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Nos despedimos de la familia Perez Olego, dos veces, ya que volvimos al perder el primer micro, y emprendimos nuestro camino en bus. El frío había hecho que nos perdiéramos de disfrutar de las islas Cíes, pero ahora que debíamos caminar con las mochilas un par de kilómetros, el calor parecía volver para burlarse de nosotros. Unas horas más tardes de haber salido de Vigo, estábamos en la habitación de nuestro primer hotel.  Las noches anteriores habíamos o bien dormido en el auto, casas de amigos familiares o usado el maravilloso courch surfing.

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Miembros de esta red social, si bien no habían podido hospedarnos, nos invitaron a un evento, donde la primer noche que pasamos en la ciudad conocimos a compañeros de aventuras de todas partes del mundo. Desde rusas que parecían bastante adineradas, chicas crotas que buscaban donde podían seguir su viaje sin una visa Schegen, hasta brasileros, que se ofrecieron a comprarnos un libro sin siquiera hablar español, aunque lamentablemente no teníamos ninguna copia con nosotros.

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El día siguiente, el único que pasamos realmente en la ciudad, aprovechamos para caminar y recorrer. Aprovechamos hasta el último momento del día y todas nuestras energías. Comenzamos el día visitando los alrededores del castillo. Sacamos unas bonitas fotos desde uno de los puentes que atraviesa el río Douro. Luego visitamos la torre de los clérigos, e hicimos una pequeña para en la que llaman la librería más linda del mundo, sin embargo este título parece haber sido arrebatado a nuestra hermosa Ateneo, o quizás los jueces no la conocían al momento de otorgar el premio.

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Al mediodía comimos un rico sandwich (de esos que ahora tanto extraño) en el hermoso jardín del Palacio de Cristal, desde donde caminamos unos 5 kilómetros por la costanera del río hasta llegar al imponente oceáno Atlántico. Como siempre, enfurecido, golpeaba sus aguas contra un muelle que resistía la embestida con la certeza de saber que no podría hacerlo eternamente. Allí contemplando el mar, pensando que hacía algunos meses nosotros estábamos al otro lado, repusimos energías nuevamente con una cerveza y aceitunas españolas que aún teníamos en la mochila.

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El último día en esta ciudad, tomamos un rico desayuno con unas deliciosas facturas y un buen café con leche ya que conservábamos la costumbre de un desayuno fuerte para reponer energías y prepararnos para afrontar el día. Finalmente tomamos nuestro equipaje excesivo y nos dirigimos al aeropuerto ya que esa noche, dormiríamos en Italia.

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Tomamos dos trenes, para llegar al lugar que con mayor fuerza demuestra la estupidez humana, me refiero, a que otra cosa sino al aeropuerto. No sólo que considero al avión como un medio de transporte totalmente ineficiente, sino que los aeropuertos se han convertido en el grito de la sociedad que clama lo inmadura que es. Bajo una ridícula imagen de falsa seguridad de un peligro inexistente los pobres guardias de seguridad cumplen órdenes tan estúpidas como su criterio y capacidad para razonar. Después de haber tenido que dejar varias cosas en los aeropuertos, incluyendo un dulce de leche que el oficial nos confiscó diciendo “No me importa que me muestres que es sólido, para mi es líquido”, ya estábamos más que preparados para no llevar ningún artículo prohibido, o al menos eso pensábamos. Esta vez nos tocó perder los bastones de trekking que usaba para caminar y ayudar a mi rodilla derecha, motivo más que suficiente para usarlo, sin embargo, y a pesar de mostrar una cicatriz, el criterio del buen hombre con más músculos que cerebro, fue que yo era demasiado jóven para necesitar bastones. El agravante que originalmente fueran de mi papá hizo que el sabor fuera aún más amargo. Ese día declaré que algún día comenzaría a dar la vuelta al mundo sin tomar aviones. Si bien aún nos quedarían varios vuelos, con más complicaciones, por ejemplo necesitar visa para estar 8 horas y 50 minutos en el aeropuerto de Perth, es un plan que está muy presente en mi mente y que espero llevar a cabo en algún momento de mi vida.

Dejando de lado el poco sentido común de los guardias de seguridad, común a todos ello sin importar su país, Oporto fue una ciudad que nos gustó mucho y que disfrutamos, digna de visitar. Sin embargo su turno había pasado y ya era hora de pensar en Italia.

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