Angkor Wat y el Indiana Jones perdido (9, 10 y 11 de noviembre de 2011)

Cuando los franceses, los que ahora son parte del mundo libre, pero que mantuvieron el control de esta región hasta hace apenas unos 60 años, descubrieron Angkor Wat deben haber quedado al menos sorprendidos, es que un área de unos 25 kilómetros cuadrados que cuenta con más de una docena de inmensos y majestuosos templos con construcciones tan magníficas que, si bien difieren absolutamente en estilo, recuerdan las pirámides de Egipto. Y a la vez es como nos dijo nuestra amiga Elisabeth, «no entiendo como no considerada una maravilla del mundo». Creo que deben haber como 100 octavas maravillas del mundo, por eso sería irrespetuoso dar a semejante complejo tal definición, más bien se merece un puesto entre las primeras cinco.

«No puedo creer que exista un lugar así en el mundo», fue lo que le dije a Maru, mientras no podía dejar de estar boquiabierto cuando recorríamos uno de los templos.

Espero con esta descripciones haberlos puesto en escena y que mientras mi relato prosigue se ubiquen junto a nosotros recorriendo Angkor Wat, sino algunas de las fotos, que si bien no hacen justicia con la magnificencia del lugar, puede ayudarlos a construir esa imagen mental que sigue firme en mis recuerdos.

Arrancamos nuestro recorrido bien temprano a la mañana, tanto que aún era de noche, para ver el amanecer junto al templo principal de unos 300 (o 700, la verdad que el número no importa ya que es majestuoso de por si) metros de ancho. Dimos nuestros primeros pasos por los jardines del edificio, cruzamos a oscuras un largo puente sobre una inmensa laguna artificial para acomodarnos frente al edificio principal (de este templo) a la espera de que el dios Sol nos develara los secretos que para nosotros estaban tan ocultos como para la humanidad hace no mas de 160 años. El sol comenzó a salir y cada segundo que pasababa un nuevo detalle era descubierto para nosotros. El proceso habrá durado unos 30 minutos de asombro incesante, pero luego de ellos dedicimos entrar al templo que nos había impresionado desde la distancia. Lo recorrimos mirando todos sus detalles, bajos relieves, columnas, budas y tantas otras maravillas. Si bien nos había encantado, sabíamos que sólo era el primero, pero si hubiesemos terminado allí mismo, todo hubiese valido la pena.

Volvimos para encontrar a nuestro chofer de Tuk Tuk durmiendo una siesta en una cama paraguaya improvisada dentro de su vehículo. Fuimos recorriendo uno a unos los templos, cada uno de ellos con tanta hermosura como la anterior, y, si hubiésemos visitado a algunos de ellos primero hubiensen recibido tanta descripción como el templo que acabábamos de visitar.

Una parada más y entramos a la ciudad amurallada de Angkor Thom, donde llegaron a vivir un millón de personas en el siglo XII. Según nuestra guía, cuando Londres no poseía una población que superase los 50.000 habitantes, hecho que no se si es meramente descriptivo o pura estupidez y egocentrismo gringo. Visitamos el templo principal de esta ciudad con sus columnas llenas de rostros de no recuerdo bien de qué deidad. Magnífico. Imponente.

De allí a otro templo siempre dentro de esta ciudad amurallada, que sólo conserva templos, porque las casas eran construídas en madera, ya que las piedras estaban destinada para los dioses. Caminamos por un largo puento sobre … Sí, leiste bien las piedras estaban destinadas sólo para los dioses, y me detengo a reflexionar nuevamente sobre este cáncer de la humanidad llamada religión, que impedía que las personas vivisen en casas hechas con un material que durase y fuera reconfortante, mostrando una soberbia religiosa que me causó el mismo asco que la catedral de Sevilla, inmensa en su construcción, pero que si uno sube a su altísimo campanario, puede ver las callejuelas, destinadas a la sociedad, imaginando las condiciones de salubridad que habrán poseído esas personas, y cuantos milagros se hubiesen podido evitar pedir, si los ingenieros, arquitectos y obreros que construyeron esa iglesia hubiesen dedicado su tiempo y sus energías, al igual que el dinero de los reyes, a la planificación urbana. Eso mismo sentí al leer esa frase que pasa como un hecho anecdótico en nuestra guía de viajes que con la misma soltura nos indica dónde queda el bar más barato de la ciudad de turno.

Los templos se sucedieron los unos a los otros cada uno con sus particularidades y encantos, algunos extensos cubrían la superficie que más podían, otros se elevaban hacia el cielo con sus angostos y altos escalones, otros con pastizales en su superficie, otros con inmensas lagunas artificiales en islas de igual carácter. Hasta que finalmente llegamos al templo que estaba ansioso por ver. Pa Throm, si ese era su nombre. Un templo salido de una película de acción, tanto que allí se filmo Tomb Raider y creo que también Indiana Jones. Allí, la selva había crecido literalmente sobre las construcciones, las raices de árboles de 50 metros o más de altura recorrían las paredes de los dioses para permitir elevarse sobre las techos de los mismos. Una imágen que me cuesta describir, una y otra vez se hacía presente en cada rincón que se mirara. La fuerza de los árboles que están destinados a dominarnos, se hicieron presente lentamente y parecía que hiciera falta tan sólo otro milenio para reafirmar su fortaleza sobre las obras de la humanidad. Las fotos intentan dentro de sus posibilidades capturar las maravillas allí presente, en una coexistencia entre una humanidad tácita y una naturaleza, lenta pero determinante.

De las misma forma que nos habíamos reunido para ver el amanecer ahora lo hacíamos para ver el atardecer. En una ofrenda a nuestro dios Sol agradeciéndole por la luz y las maravillas que nos había revelado desde hacía ya más de 12 horas, nos encontrábamos en lo más alto de una colina, en un templo tan magnífico como los demás, para saludarlo y retirarnos con la esperanza de volverlo a ver el día siguiente.


Así fue como terminó nuestra visita al complejo de Angkor Wat, un sitio cargado de misticismo, capacidad humana y paciencia natural. Reunidos en pocos kilómetros cuadrados con una magia única en el mundo. Para volver a la ciudad que habíamos recorrido el día anterior en bicicleta, muy bonita, con sus templos, palacios y río. Pero que si no fuera por las obras de nuestros ancestros y de la naturaleza se encontraría en la ruta de pocos viajeros.





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