Nuestras desveturas por Italia (Antes de viajar a Nueva Zelanda)

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Han pasado 6 meses de los hechos que voy a relatar. Sin dudas el período de mayor inactividad de Aventuras360. Fueron diversos motivos los que me llevaron a dejar de escribir, entre ellos, un blog paralelo relatando nuestra vida en Nueva Zelanda (que tampoco mantuve como debería o quisera), un poco de desencanto con el mundo del blog de viajes al que había idealizado quizás por demás, pero principalmente el hecho de aprovechar al máximo para viajar cada momento que tuve libre. Un blog de viajes sin viajes, sería como un cheff flaco o un ingeniero sin lentes, nunca confíen de ellos. Escribo estas líneas a orillas del pacífico en una cabaña sobre el mar, en una isla de Fiji. Pero mucho ha pasado desde la última entrada en este blog, y como siempre quise mantenerlo como una bitácora quiero respetar el orden. Aquí vamos.

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Había declarado mi odio hacia los aeropuertos, ese lugar en el que nos quieren convecer de la existencia de un peligro ficticio por medio de medidas de seguridad ridículas y humillantes. Estar viajando a Italia, no me ponía mejor, sino que me predisponía a un mal humor dado mi poco agrado hacia este país. Estaba mentalizado en que nos iban a estafar, que nos iban a querer engañar, la gente iba a gritar, empujar, iban a mirar a mi novia degeneradamente y un sin fin de cosas que ya he olvidado. En resumen, podemos decir que Italia es para mi lo que a Homero Simpson es New York. Sin embargo el hecho de ir a visitar a nuestros amigos Giulliano, Gloria, Carla y Filipo, hacía que todo este mal humor desapareciera instantáneamente.

El vuelo fue tranquilo y no recuerdo mucho, al cabo de unas horas habíamos dejado atrás Oporto y estábamos llegando a Milán. Desde que salimos de Buenos Aires, habíamos estado en 10 aeropuertos apróximadamente, sin embargo en el único que cobraban por usar el carrito del equipaje era en aquél de Italia. Como estábamos en el área de Schengen el vuelo era considerado de cabotaje y no fue necesario hacer migraciones. Recogimos nuestro equipaje y nos fuimos a la ciudad en un tren que nos salió 10 euros cada uno.

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Llegamos a la ciudad, y nuestra amiga siempre presente, la lluvia nos seguía acompañando, tomamos el tranvía hasta la para más cercana y llegamos al hotel, no sin preguntar varias veces como hacerlo. Era tarde y no habíamos cenado, el hostel que sólo nos había salido 7.50 euros, parecía estar bien, pero el chico de la recepción no nos hizo hacer el check in hasta después que terminara su cena. Luego, dejamos nuestras cosas y nos fuimos a cenar. Por suerte, el único lugar abierto era una pizzería y hacia allí fuimos.

La pizza había sido tan buena, que decidimos ir a desayunar eso mismo a la mañana siguiente. Dado el precio de nuestro hotel, el mismo se encontraba bastante alejado de la ciudad, por lo que el producto (de la pizzería) era realmente bueno y auténtico, a diferencia de los que se pueden encontrar en el centro de la ciudad.

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Compramos nuestro ticket de tren diario y salimos para el centro. Como esa misma noche, partiríamos rumbo a Parma a visitar a nuestros amigos, el plan era sencillo, visitar el domo, la galería Vittorio Manuelle, el castillo y dar alguna vuelta por el centro. Sin embargo cuando nos bajamos del tren la lluvia era tan copiosa que nos tuvimos que refugiar en la imponente catedral o en la hermosísima galería. Al ver que no podíamos caminar por la lluvia decidimos tomarnos el tren hasta el castillo, que apenas pudimos visitar porque la tormenta, en ese entonces ya era torrencial. Estábamos empapados y todavía faltaban horas para tomarnos nuestro tren a Parma, por lo que pasamos nuestra única tarde en esta ciudad tan bonita, dentro de un Decathlon.

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Días más tardes nos enteraríamos que Italia estaba sufriendo una de las peores inundaciones en los últimos años y algunos de los ríos y lagos estaban desbordados a punto.

Finalmente nos subimos a nuestro tren. Carla y Filipo nos estarían esperando en Parma para ir a Solignano. Habíamos recorrido sólo una estación, cuando el tren dejó de funcionar y tuvimos que esperar 2 horas hasta que llegara una nueva locomotora. A pesar de la demora cuando llegamos nos recibieron con un fuerte abrazo y una riquísima cena.

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Nuestros días en Solignano, fueron muy relajados y lo dedicamos para estar en familia, haciendo tan sólo alguna pequeña caminata por este bonito pueblo parmesano. Festejamos el cumpleaños de Carla en la que comimos pizzas y empanadas acompañadas de una asado. El fin de semana, los chicos nos llevaron de excursión a Verona, pasando por otros pequeños pueblos medievales todos ellos muy bonitos. Ciudades amuralladas, castillos y museos, nos deleitaron en este viaje, culminado por un recorrido por la ciudad de Romeo y Julieta (ahora que lo pienso no entiendo como las feministas no se han quejado de este extremadamente machista título de la obra de Shakespeare), que además de ofrecernos sus encantos habituales, estaba de fiesta ya que el equipo local había ascendido esa noche a primera división.

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Ya faltaba poco para viajar a Nueva Zelanda, en casi 40 horas de viaje, haciendo escala en Dubai y Melbourne, esta última de 8 horas y 50 minutos. Sin saber por qué decidí chequear que tuviéramos todo los papeles en regla y fue así que nos dimos cuenta que por esos 50 minutos adicionales deberíamos sacar visa para entrar en Australia, por más que estuviéramos en la zona de embarque, al mejor estilo de Tom Hanks en La Terminal. Por más que intentamos varias alternativas lo único que pudimos hacer fue cambiar nuestro pasaje para hacer una escala más corta, ya que pedimos la visa para entrar a Australia, a la que teníamos pensado visitar a fin de año (y dónde estoy escribiendo estas líneas), pero que en ese momento no nos la otorgaron inmediatamente. Creo que esos fueron los 50 minutos más caro de mi vida ya que el cambio de pasaje nos salió unos 600 euros en total, pero de otra manera no hubiéramos podido subir al avión como comprobaríamos más tarde, cuando debimos explicar en reiteradas ocasaiones que no necesitábamos visa porque nuestra escala era menor a 8 horas.

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Nos despedimos de nuestros amigos a media noche en la estación de trenes de Parma y seguimos nuestro recorrido a Roma. Si bien estábamos alejado del centro el hotel era muy bonito y cerca de transporte público. Sin embargo, ese día había una huelga de transporte y sólo pudimos estar unas horas en el centro de la ciudad. Por ese mismo motivo decidimos no ir hasta el Vaticano, y dar tan sólo algunas vueltas por las pricipales plazas e iglesias de la ciudad. Esa misma tarde, el Papa Francisco salió a saludar a aquellos que estaban en el Vaticano.

Pasamos nuestra última noche en Europa en un pequeño hotel ubicado en frente al aeropuerto y a pocas cuadras de la playa, que tampoco pudimos visitar por una fuerte tormenta de viento. Para celebrar nuestra última noche nos hicimos una deliciosa picada con fiambres italianos y nos fuimos a dormir temprano para iniciar viaje a Oceanía.

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Como verán nuestro paso por Italia (y también Portugal y España) había sido bastante accidentado. Sin embargo ya no nos importaba, estábamos por conocer un nuevo país, un nuevo continente que nos ofrecía millones de posibilidades. La aventura recién estaba por comenzar.

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