El sur de Italia (25/04/2011 – 27/04/2011)

Llegamos al camping de Sorrento a eso de las 11 de la noche, luego de conducir en el estresante tránsito del sur de Italia. Teníamos dos
casillas, una con baño y otra sin. La verdad que los campings fueron un gran descubrimiento en este viaje y representa una alternativa aún mejor que los hostels si se tiene un auto o una buena forma de llegar al punto en cuestión. Luego de bajar las cosas y por fin saber que nos íbamos a quedar más de una noche en un mismo lugar, fuimos a buscar unas pizzas con Maru. Una ruta sin banquina ni veredas era la única forma de llegar a nuestro destino para conseguir algo de comida. Afortunadamente llegamos sanos y salvos y la comida nos gustó tanto que fuimos a comprar allí 3 de las 4 noches que pasamos en las cercanías de Nápoles.
Al día siguiente averiguamos como ir a la capital de la Pizza, bus y tren mediante, llegamos en aproximadamente 1 hora y media. Ni bien llegamos almorzamos algo y justo se largó a llover. La lluvia retrasó aún más la visita, que solo consistió en dar unas vueltas por los barrios típicos y la capilla de San Genaro. Luego intentamos ir al Palacio Real, pero en el camino fue cuando me robaron y recuperé la billetera. Eso impidió llegar a nuestro destino, que fue reemplazado por un Mc Donald’s para mis viejos y una visita extremadamente rápida para Mariana y para mí. Finalmente tomamos un taxi a la estación de trenes para emprender la vuelta al camping. A la hora de tomar el bus el retorno se ponía cada vez más complicado, ante la incertidumbre de si aún seguían en funcionamiento o no. Luego de una espera de 20 minutos pudimos sacarnos la duda al subir a uno de ellos. Momentos más tarde, estábamos en la tranquilidad de nuestra casa comiendo pizza nuevamente.
El relato acerca de Nápoles fue breve, podría ser tan largo como quisiera, pero prometí enfocarme sólo en los aspectos positivos.

El techo de chapa hizo más linda la noche lluviosa y dormimos hasta que el ruido, paradójicamente, dejó de despertarnos. Nuestra intención era ir a Pompeya, pero el clima nos hacía dudar. Finalmente decidimos ir, esta vez en auto.
Llegamos y empezamos a recorrer la antigua ciudad romana que permaneció escondida durante siglos al ser sepultadas por cenizas volcánicas. La ciudad es majestuosa, el trazo de las calles es perpendicular y todas ellas de piedra, las casas numeradas sobre unas altas veredas comunicadas por piedras ubicadas estratégicamente para permitir el paso de carruajes (supongo yo) y del agua, los espacios, teatros, plazas, anfiteatros, se encontraban distruibuidos en los extremos de la ciudad, al igual que el cementerio, donde en lugar de fotos de los difuntos, se encontraban monolitos o estatuas, dependiendo (vuelvo a suponer) del nivel social del muerto. Muerto al fin, parece que hace milenios ya que, somos más importantes según cuanto dinero hemos acumulado en nuestras vidas. Quién sabe cuantas personas podrían haber sido alimentadas o dejadas en libertad con el precio de la construcción de esas tumbas. Las casas de la ciudad poseían diferentes cuartos, donde uno podía distinguir las diferentes habitaciones, cocinas con vasijas que aún se preservan en el mármol donde fueron colocadas, habitaciones o pequeños baños. Al igual que en la actualidad las paredes eran pintadas, pero no solo con colores lisos, sino con tramas, guardas u obras detalladas como si de un cuadro se tratara. Uno se queda impresionado al ver que una ciudad así tenga más de 2000 años. Sin embargo, en una opinión personal, creo que como humanos somos tan inteligentes como hace varios cientos de miles de año, y que con cierto nivel de continuidad y prosperidad es lo esperado en una civilización sin importar en que era de la humanidad nos encontremos.
El paseo por la ciudad fue muy lindo, mis papás anduvieron de un lado para otro y hasta compartimos unos ricos mates descansando en un bebedero público milenario. Volvimos a casa parando por un super donde compramos fiambres para hacer una rica picada.
Nos fuimos a dormir rezando para que el día siguiente mejore y parece que nuestras plegarias fueron escuchadas. Amaneció con un sol radiante lo que nos permitía disfrutar plenamente nuestra visita a Capri. Así fue que esta vez nos dirijimos rumbo a esta cercana isla en busca de pasar una buena tarde de playa. El recorrido en el bote fue super lindo, y el transporte público por decirlo de alguna forma, pintoresco. Llegamos a la playa, donde el agua era transparente pero casi tan fría como en una de las ciudades más lindas del mundo (aunque no haga falta, aclaro, Mar del Plata). Comimos unos sandwichs exquisitos con una birra Peroni y juntamos coraje para ir al agua que finalmente, mi vieja y yo, conquistamos.
Emprendimos el regreso al camping con el tiempo suficiente para no perder el último barco. Al llegar la última pizza del sur de Italia coronó la noche. El día siguiente volveríamos a viajar pero esta vez con rumbo a Roma.

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